ELOGIO DE LA EQUIVOCACIÓN Y EL ERROR
Por Aquiles Julián
"Una
persona que nunca cometió un error nunca intentó nada nuevo"
Albert
Einstein
Temer equivocarse es temer
aprender. El equivocarnos, el fallar, es la vía natural del aprendizaje y de adquirir
experiencia. De hecho, el concepto experiencia en su fondo implica: dícese de
quien se ha equivocado un número suficiente de veces. Y el de falto de
experiencia sería: dícese de quien le falta equivocarse un número suficiente de
veces.
El Mahatma Gandhi expresó en
alguna ocasión que: “La libertad no vale la pena, si no conlleva la libertad
de errar.”
Tenemos una cultura que penaliza
el equivocarse, cuando lo que nos debe enseñar es a programar y condicionar el
grado de esa equivocación.
Hay un concepto en planificación
para hablar de ese necesario paso de someter nuestra idea a prueba y exponernos
a descubrir sus fallos: un piloto.
Hay un concepto en programación
para hablar de lo mismo: la versión beta.
A todos nos conviene explorar la
racionalidad que subyace a esos dos conceptos: el plan piloto y la versión
beta.
Aprender a
equivocarnos
Suele ser la confrontación entre
nuestra idea (siempre limitada, sesgada, parcial y desequilibrada, por la
naturaleza de nuestra propia mente, los sesgos cognitivos y sus puntos ciegos)
y la realidad.
Ralph Nader, abogado y activista
estadounidense, nos alecciona: “Tu
mejor maestro es la última equivocación que tuviste.”
Si aprendemos a correr riesgos
manejables (baja escala, con mínimos riesgos y pérdidas, que no nos afecten
mayormente, etc.), con la actitud de que estamos pagando el precio del
aprendizaje, entonces diseñamos el proyecto o la experiencia de cara a que
cualquier error o daño no sea catastrófico o singularmente perjudicial, que
esté bajo nuestro control repararlo a tiempo, con los suficientes indicadores
oportunos para la supervisión no solo preventiva, sino, sobre todo,
concurrente, con las responsabilidades distribuidas, los actores conscientes de
a qué estar atento y cómo proceder y, sobre todo, el sentido de aprendizaje de
la experiencia.
No importa si acertamos o nos
equivocamos, el experimento fue pensado y diseñado como una experiencia de
aprendizaje y de pulimiento. Siempre habremos ganado.
Vale aquí puntualizar el aserto
de George Bernard Shaw: "El éxito no consiste en no cometer nunca
errores, sino en no cometer nunca el mismo por segunda vez".
El aprendizaje experiencial,
también llamado aprendizaje por proyecto, nos enseña a correr riesgos
calculados y a poner nuestras hipótesis en ejecución, sin penalizar qué tan
distanciada de la realidad resultaron nuestras previsiones.
No hay conocimiento que pueda
generarse de otra manera.
Un procedimiento en
siete pasos
Ahora bien, todo proyecto debe
iniciar con eso: un piloto, un enfoque limitado, y aprender a corregir, mejorar
y perfeccionar lo que la realidad nos muestra.
La vida misma es eso: aprender a exponernos
a riesgos calculados. Eso significa entender que somos dueños de nuestras
decisiones, pero no de las consecuencias.
Así, debemos:
1. Anticipar
las posibles consecuencias, desde las deseadas a las indeseadas
2. Definir
indicadores a observar
3. Hacer la
planificación previa y el proceso previsto: pasos, cronogramas, etc.
4. Definir
las responsabilidades
5. Definir
indicadores para la supervisión concurrente, durante la ejecución del piloto
6. Hacer la
evaluación general de la experiencia, los aprendizajes y ajustes que se derivan
de ella.
7. Aplicar
la supervisión correctiva
Es imposible adquirir
conocimiento si no hay una experiencia de base.
Podemos apropiarnos de
información, conocer los puntos de vista y las experiencias adquiridas por
otros, aplicarles nuestro análisis lógico, descomponerlas, desarmarla y
rearmarla, evaluarla de manera sistémica, etc., pero cualquier idea solo podrá
medirse contra la realidad de manera efectiva si la sometemos a prueba.
Y la manera más inteligente de
hacerlo es con un piloto que esté bajo control y reduzca cualquier impacto
negativo imprevisto.
Anthony Robbins, cuyos libros, en
particular Poder sin Límites y Despertando al Gigante Interior
fueron fundamentales para mi formación en la década de los ´90, escribió: “No
importa cuántos errores cometas o lo lento que sea tu progreso, todavía estás
muy por delante de quienes no lo intentan.”
De ahí la importancia de que
valoremos el error y la equivocación, fallar y meter la pata, como herramientas
cognoscitivas.
Evitar caer en el
Efecto Dunning-Kruger
Lo que debemos evitar es la
arrogancia de creernos infalibles, dueños de la razón y sin posibilidad de
equivocarnos, indicadores de que se padece el Efecto Dunning-Kruger, sesgo
cognitivo que consiste en sobreestimar más de la cuenta nuestra perspicacia y
buen juicio, nuestra preparación y los resultados de nuestras disquisiciones y
nos torna ciegos y dogmáticos frente a los cuestionamientos y críticas.
Esa sobreestimación de nuestras
conclusiones puede llevarnos a desoír objeciones y a subestimar la importancia
de hacer pruebas parciales y controlables de nuestra idea. Puede inducirnos a
lanzarnos al todo por el todo, en grande, lo que puede ser catastrófico.
Nuestro cerebro tiene una
predisposición a darnos la razón y los sesgos cognitivos se aplican
inconscientemente para confirmar nuestro punto de vista.
Eso hace que seamos insensibles a
las trampas que nuestra propia mente nos establece.
Si aceptamos a priori que nuestro
enfoque siempre es limitado, parcial, sesgado y desequilibrado, entonces de
forma activa vamos a estar abierto a enriquecerlo con las visiones, aportes y
análisis de los demás, que nos amplían, completan, enriquecen y equilibran,
aceptando también que, incluso así, falta la única evaluación que cuenta: la
que proviene de la implementación, el juicio contundente de la realidad.
Nada más útil que el error. Nada
más valioso que fallar. Nada más educador que el equivocarnos.
B.F. Skinner, el padre del conductismo
en psicología, fue categórico: “Un fracaso no siempre es un error.
Simplemente puede ser lo mejor que se puede hacer en esas circunstancias. El verdadero
error es dejar de intentarlo.”
De hecho, es a eso a lo que
llamamos aprender.
Acertar es simplemente repetir lo
que ya funcionó. Y a ese acierto se llegó por vía de la recurrente equivocación
y la repetición mejorada, eso que los japoneses denominan kaizen.


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