UNA FRASE DE MARK TWAIN Y DOS EJECUCIONES DE SU IDEA
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| Mark Twain, Samuel L. Clemens |
Por Aquiles Julián
“Una
noche, después de mucho beber y marearse
con
tufos de tabaco frío, dejados por sus amigos,
Marcial
tuvo la sensación extraña de que los relojes
de
la casa daban las cinco, luego las cuatro y media,
luego
las cuatro, luego las tres y media…”
Alejo
Carpentier
¿De dónde
le nace a un escritor una idea? Hay múltiples fuentes: una experiencia, una
persona, un lugar, una noticia… Y también, frecuentemente, de sus lecturas.
Hay dos
experiencias personales que puedo compartir. En 1982 quise participar en el
concurso de cuentos de Casa de Teatro. Solo que no tenía ningún cuento.
Necesitaba una idea.
Una
jovencita, que se sentaba en las tardes a la puerta de su casa, a la que se
accedía por dos escalones, porque la vivienda compensaba un desnivel del
terreno, en la calle Benito González Esq. José Martí, Villa Francisca, y a la
que yo veía con frecuencia al pasar por
allí hacia la parada de Villa Faro, de retorno a mi hogar, me dio el motivo para escribir un cuento: Mujer
que llamo Laura, la historia de un amor platónico de un personaje por esa
chica. El cuento lo reescribí unas 27 veces, lo mandé al concurso y ganó el
primer lugar.
Décadas
después, mi esposa y yo fuimos al restaurant El Conuco, en Ciudad Nueva.
Allí, viendo a los empleados realizar el Baile de la Botella (la joven
se subía a una botella de ron haciendo equilibrio con uno de sus pies, sacudía su
falda mientras su pareja le daba vueltas al ritmo de la bachata o el merengue),
me surgió la idea de un cuento que luego escribiría con el título Llevar a
Gladys de vuelta a casa, y que también ganó el primer lugar en el Concurso,
ya internacional, de Cuentos de Casa de Teatro.
Las ideas
para un buen cuento (y hasta para uno no tan bueno) están en nuestro alrededor.
En los periódicos. En los noticieros. En las conversaciones. En las personas
(mi cuento Lépido se originó en mi intención de escribir a un simple
mental de mi barrio, llamado así). En la vida.
Simplemente
hay que estar deseoso de escribir un cuento, de narrar.
Esa
intención dispara nuestra atención y encuentra un tema, un ángulo, una puerta
hacia una historia.
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| Mark Twain escribiendo |
Una frase feliz de Mark Twain
El 30 de
octubre del 1906, mientras dictaba sus memorias, Mark Twain, Samuel L. Clemens,
produjo una frase: "Life would be infinitely happier if we could
only be born at the age of eighty and gradually approach eighteen"
("La vida sería infinitamente más feliz si uno pudiera nacer a la edad
de 80 y gradualmente acercarse a los 18"),
Su idea
quedó registrada en el segundo volumen de su voluminosa autobiografía. Este
tomo recopila dictados del autor que abarcan desde el 2 de abril de 1906 hasta
el 28 de febrero de 1907 a la eficiente taquígrafa Josephine S. Hobby.
Aunque
Twain instruyó que su autobiografía no se publicara hasta 100 años después de
su muerte, para no lastimar a sus contemporáneos ni a su cercana descendencia
con sus recuerdos y opiniones no convencionales para su época, la Universidad
de California y los albaceas de Twain pasaron por alto su petición y el
Proyecto Mark Twain de la universidad de California publicó ese segundo tomo en
octubre del 1913.
| Francis Scott Fitzgerald escribiendo |
Cómo la frase de Twain impacto a Francis Scott Fitzgerald
Mark
Twain fue un autor altamente reconocido y valorado en su tiempo. Y su
autobiografía gozó de amplia lectoría.
Uno de
esos lectores lo fue Francis Scott Fitzgerald, el autor de El Gran Gatsby.
Y fruto
de esa frase, F.S. Fitzgerald ideó una historia que es uno de sus cuentos más
famosos: El curioso caso de Benjamin Button, publicado por vez primera
el 27 de mayo de 1922 en la revista Collier´s y posteriormente incluido en la
antología Tales of de Jazz Age (Cuentos de la era del jazz).
Ambientado
en el siglo XIX (pese a que se escribió en el siglo XX), el cuento nos invita a
suspender (como toda obra artística) momentáneamente nuestro sentido de lógica
y verosimilitud para introducirnos en la historia de los Button y su
primogénito, el hijo que nacería en un hospital, durante el verano de 1860, cuando
la tradición hasta entonces era el alumbramiento en la casa.
El
resultado fue escandaloso: el bebé nació con la condición de un anciano.
Existe una
condición extraña denominada progeria o síndrome de progeria de
Hutchinson-Gilford, en que los niños experimentan un envejecimiento prematuro, pero Benjamin Button
no padecía progeria: nació de 80 años, no se trataba de una anomalía genética.
F. Scott
Fitzgerald nos convida a suspender nuestro sentido de la realidad y nos
presenta condiciones que coliden con nuestra experiencia, como toda literatura
fantástica que se respete: el niño nace de metro y medio de altura, ya habla y
se comunica (aunque con voz cascada, típica de un anciano) y lo primero que
pide es un bastón.
Fitzgerald
también muestra en su cuento cómo el padre, que inicialmente rechaza al niño,
determina pasar por alto su apariencia y condición física, y empieza a teñirle
el cabello y hacerle vestir como un niño, imponiéndole lo típico para su edad
cronológica, maquillándolo y creando el choque entre el atuendo y la
apariencia, lo que da al cuento un tono satírico.
La
estructura en episodios, diez en total, va llevándonos a esa relación ríspida
padre/hijo que luego sana y que posteriormente se invierte: el padre orgulloso
del hijo, que se revela un hábil comerciante ferretero.
| Alejo Carpentier escribiendo |
De Francis Scott Fitzgerald a Alejo Carpentier
El cuento
de Francis Scott Fitzgerald gozó de justa notoriedad por su ejecución
impecable. Es un cuento fantástico con una factura realista y un tono satírico,
de humor, a nivel narrativo, lo que amplifica su impacto.
En 1944
tanto la idea de Twain como la ejecución de F.Scott Fitzgerald impactaron en un
joven escritor cubano de 40 años de edad: Alejo Carpentier.
Y dio
origen a un relato igual de extraordinario y magistral: Viaje a la semilla.
Este
cuento de Carpentier, que publicó en una edición limitada de 100 ejemplares, y
luego incluyó en su libro Guerra del Tiempo, tiene también remembranzas
de un cuento magistral de Edgar Allan Poe: La caída de la casa Usher,
algo en que coincidimos el poeta Víctor Bidó y yo hablando del tema.
Hay
semejanzas y diferencias en el tratamiento de la idea entre F. Scott Fitzgerald
y Alejo Carpentier, aunque ambos cuentos se sitúan en el siglo XIX, pese a que
ambos, al igual que la frase, se produjeron en el siglo XX.
Carpentier
inicia con el desmantelamiento de la casa a cargo de albañiles.
Según
Carpentier, el cuento fue escrito de un tirón, durante una noche. Con él
descubrió algo que buscaba: una manera de narrar, un estilo propio.
Es con Viaje
a la semilla que Carpentier
encuentra el barroco para expresar lo que denominó “lo real
maravilloso”, el antecedente de lo que luego se denominaría realismo
mágico.
Esa
exhuberancia verbal que incendió la
literatura latinoamericana en los años 40 y 50 también produjo una pieza extraordinaria
digna de mención : El Gran Burundú Burundá ha Muerto, del colombiano
Jorge Zalamea.
| Carpentier, para la época en que escribió su cuento |
Una ejecución impecable de la idea de Twain por Carpentier
Hay una
técnica de correr una película hacia atrás (en el sentido de devolución) a
nivel cinematográfico: el reverse motion o movimiento inverso. El cuento
de Carpentier, Viaje a la semilla, refleja esa técnica, vinculando su
cuento al entonces ya floreciente mundo del cine. A diferencia del cuento de
Fitzgerald, se trata de un ejercicio narrativo en que, en diversos momentos, la
vida de Don Marcial, Marqués de Capellanías, se narra en sentido inverso.
Mientras
Benjamin Button nace anciano y va rejuveneciendo, esa distinción tan moderna
entre edad cronológica y edad biológica, en que ambas chocan y la cronológica
va en dirección opuesta a la biológica, en el cuento de Carpentier no hay ese
fenómeno, sino una reversión cronológica, desde la muerte a la concepción a
nivel humano, y del desmantelamiento al espacio baldío inicial, en el caso de
la casona señorial.
Es un
manejo elegante, distintivo y original. Fue, como el mismo autor confesó, el
cuento en que encontró su voz narrativa. Y estilísticamente, por igual, se
diferencia del realismo narrativo que emplea Francis Scott Fitzgerald en El curioso
caso de Benjamin Button. El cuento de Carpentier es suntuoso, abigarrado,
se regodea en la riqueza verbal y muestra la formación en arquitectura del
autor: “Arriba, los picos desprendían piedras de mampostería, haciéndolas
rodar por canales de madera, con gran revuelo de cales y de yesos. Y por las
almenas sucesivas que iban desdentando las murallas aparecían ─despojados de
sus secretos─ cielos rasos ovales o cuadrados, cornisas, guirnaldas, dentículos,
astrágalos, y papeles encolados que colgaban de los testeros, como viejas pieles
de serpiente en muda”.
La casa
funciona como símbolo de un poder, de una sociedad, de una época, que se
derrumba (de ahí su relación con El hundimiento de la casa Usher, de
Edgar Allan Poe, que Bidó y yo comentamos y que compartí unos párrafos antes).
Un
ambiente gótico, de auténtica descomposición, permea en todo ese proceso de reversión
temporal. Viajamos de la nada a la nada. Del caserón desmembrado, reducido a
escombros, al solar primigenio. Del anciano yacente al embrión inicial.
Un indicador de que Viaje a la semilla tomó de referencia
a Benjamin Button
Hay en la
literatura coincidencias. Igual en la vida.
Las ideas
pueden ocurrírseles simultáneamente a varias personas, porque todos podemos
imaginar, proyectar, anticipar, crear.
Ahora
bien, en el caso de Carpentier hay un indicador claro de que tomó como
referencia El curioso caso de Benjamin Button.
Es la
estructura.
Ambos
cuentos se organizan en episodios numerados. Diez en el caso del cuento de
Fitzgerald y trece en el cuento de Carpentier. En muchos sentidos, es un
homenaje tácito que en nada resta relevancia y valor al cuento de Carpentier,
una auténtica joya de nuestras letras.
Otro
elemento que los asemeja es la elección del nivel social de los protagonistas.
En el caso de Scott Fitzgerald elige a un próspero miembro de la burguesía
comercial de Baltimore: “Los Button gozaban de una posición social y
económica envidiable en el Baltimore de antes de la guerra. Estaban
emparentados con esta o aquella familia, lo cual, como todo sureño sabía, les
daba el derecho a formar parte de la extensa aristocracia que vivía en la
Confederación”.
Carpentier,
por su parte, toma a un miembro de la decadente aristocracia feudal de origen
hispano: “Don Marcial, el Marqués de Capellanías, yacía en su lecho de
muerte, el pecho acorazado de medallas, escoltado por cuatro cirios con largas
barbas de cera derretida”.
En el
2008 David Fincher dirigió una película basada en el cuento de Scott
Fitzgerald, en una versión adaptada por Eric Roth y Robin Swicord, con la
actuación de Brad Pitt y Cate Blanchett, Recibió 13 nominaciones al Oscar y
recibió tres: Mejor Dirección Artística , Mejor Maquillaje y Mejores Efectos
Visuales .
| Cartel de la versión cinematográfica del cuento de Fitzgerald |
Hay también notables diferencias
Aunque
ambos cuentos parten de la frase de Twain y Viaje a la Semilla toma de
referencia clara El curioso caso de Benjamin Button, los dos cuentos,
obras maestras por mérito propio, tienen diferencias.
En
Benjamin Button el fenómeno es individual. El cuento narra el proceso de
rejuvenecimiento del protagonista hasta volverse un bebé, pero fuera de él la
vida prosigue normal: las personas envejecen, no rejuvenecen. En su caso es una
disfunción cronológica que va a contrapelo de la realidad que los demás
experimentan.
Por el
contrario, en Viaje a la semilla, Carpentier nos muestra el tiempo
devolviéndose para todo: casa, personajes. Es una historia que se cuenta de
forma regresiva, no progresiva. Y todos experimentan la misma situación.
Ambos son
cuentos fantásticos, claro, porque alteran un elemento de la realidad que todos
percibimos y vivimos: el paso del tiempo y su impacto en la apariencia, la
energía y la vitalidad de los individuos y de todo: viviendas, objetos, etc.
Y ambos
cuentos son un ejemplo de que una buena idea, en manos de un autor talentoso,
puede originar una pieza maestra.
Hay en
literatura diversas enumeraciones de los que serían tramas básicas. George
Polti en 1895 enumeró en un libro clásico 36 tramas básicas. Ronald Tobías en
1993 las redujo a 20. En el 2004, Christopher Booker las comprimió en 7.
El tiempo
siempre ha sido un tema literario. En 1819 Washington Irving escribió Rip
Van Winkle, el famoso cuento de un aldeano holandés-estadounidense que bebe
un licor mágico y duerme por 20 años. No es el único caso. Definitivamente, el
tiempo es un temazo que ha originado y nos seguirá regalando sorprendentes
obras. Celebramos esos dos cuentos y autores, derivados de una frase feliz del
gran Mark Twain.


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