LA LLAMADA, DE LEILA GUERRIERO, UNA LECTURA PARA ENTENDER, PARA ENTENDERNOS, PARA ILUMINAR UN PASADO SÓRDIDO
Por Aquiles Julián
Presidente
del Centro PEN RD Internacional
Hurgar en
el pasado, hilvanar con telares provenientes de distintas fuentes un perfil, un
retrato (así llama Leila Guerriero su trabajo), recrear unas circunstancias
terribles, ahondar en comportamientos controversiales, sortear pasiones
marcadas por crímenes, desapariciones, torturas y mucho dolor, y mantener la ecuanimidad, el distanciamiento
prudente, el escepticismo sano para no ser traicionado por nuestras simpatías o
antipatías, exponer las grandezas y las debilidades en las que incurren las
personas sometidas a dilemas mayores, la incertidumbre de si se sobrevivirá o
no, la cohabitación con el torturador, las astucias de quien no tiene más
recursos. El último libro de Leila Guerriero (Junín, Argentina, 1967), La
llamada (Anagrama, 2024) es un ejemplo de narrativa periodística, de
investigación y reconstrucción que es un hito en su género. Una obra maestra.
Un modelo.
El libro
ya ha obtenido dos importantes premios. Uno en Chile, el Premio Cátedra Mujeres
y Medios UDP, y otro en España, el Premio Zenda.
No es
fácil, no es sencillo, meter los dedos en un pasado perverso que todos
prefieren prostituir con narrativas convenientes. Las mentiras, los heroísmos espurios,
las hagiografías y las engañifas abundan. La historia de la ESMA, la Escuela de
Mecánica de la Armada, en Argentina, tiene antecedentes que hay que explorar,
responsabilidades que habría que establecer.
| Juan Domingo Perón, Isabel Martínez de Perón y José López Rega en España |
Aquellas lluvias trajeron estos lodos
¿Qué hubo
antes de la ESMA y demás centros de tortura y desaparición en Argentina?
Pues el
terrorismo de Estado peronista de la Triple A, que dirigía desde el gobierno el
ministro de Bienestar Social, José López Rega y sus matones, responsables del
secuestro y asesinato de más de 2,000 personas en Argentina, de 1973 a 1976
(uno de los matones de la Triple A, Luis Ángel Palma de la Calzada, terminó en
República Dominicana cuando Carlos Menem designó a la esposa, Teresa Meccía de
Palma, como embajadora. Aquí se vio implicado en el secuestro y asesinato del
niño José Rafael Llenas Aybar en 1996). No solo él estuvo de la Triple A en RD.
Hubo otros que llegaron bajo cobertura diplomática en el mismo período, según
aparece en el libro López Rega, el peronismo y la Triple A, de Marcelo
Larraquy.
También
está la contraparte, el terrorismo provocador de Los Montoneros, del Ejército
Revolucionario del Pueblo (ERP) y una red de grupos guerrilleros menores que
mataron a 1,094 personas en once años, entre 1969 y 1979, además de los miles
de atentados, bombas, secuestros y otras tropelías por el estilo para provocar la
caída de la democracia “burguesa” y la intervención militar, una
política promovida y recomendada por los cubanos porque, según ellos, crearía
las “condiciones objetivas y subjetivas para la revolución”, y que produjo la sangría de toda una
generación de jóvenes convencidos de que podían con voluntad y agallas
apoderarse del poder en su país y “tomar el cielo por asalto”.
En
Argentina, al igual que en República Dominicana, los muertos solo se cuentan y
se aprecian de un solo lado.
¿Cuántos
fueron los muertos del terrorismo de izquierda? ¿No eran dignos también de
justicia, reconocimiento, reparación?
Allá, aquí, falta valor para ponderar la
criminalidad de lado y lado.
Cada quien tiene sus asesinos favoritos y excusables.
| Conferencia Tricontinental en La Habana, Cuba |
Un guion con dos autorías
El
terrorismo de izquierda en nada justifica ni excusa las prácticas terroristas
ejecutadas desde el Poder: secuestros, desapariciones, torturas, asesinatos,
como respuesta (desorbitada e ilegal) al terrorismo de unos adolescentes y
adultos jóvenes que se creían en capacidad y condición para derribar el
gobierno y asumir el control del poder y que, aquí, allá, en todos los lugares,
fueron en realidad manipulados, instrumentalizados y empleados por las fuerzas
que esos mismos jóvenes creían combatir.
Entre el 24
de marzo de 1976, fecha en que da el golpe de Estado e inicia el llamado Proceso
de Reorganización Nacional, y el 10 de diciembre de 1983, en que los
militares entregan el gobierno y Argentina retorna a un régimen civil, solo por
el Casino de Oficiales de la ESMA pasaron unas 5,000 personas, la gran mayoría
militantes, cuadros medios y altos de Los Montoneros y otras formaciones
de izquierda. La inmensa mayoría fue exterminada. La mayoría fueron asesinadas
y enterradas sin nombre en fosas comunes o lanzadas al Río de la Plata en los
llamados “vuelos de la muerte”. Apenas unas 200 personas sobrevivieron
por elección arbitraria de los captores. Silvia fue una de ellas.
Silvia Labayrú
era una adolescente de clase media holgada, que crece en un hogar disfuncional
al máximo, en que ambos padres son promiscuos hasta terminar separados. Quiere,
como todo adolescente y, sobre todo, de un hogar destruido, otro hogar: una
comunidad, y, sin ideología alguna, pero buscando la aprobación de sus compañeros
de estudio, se incorpora primero al Partido Comunista argentino. Luego, respondiendo
a una línea oportunista aplicada por una parte de los jóvenes del PC argentino de
arroparse con las simpatías populares hacia el peronismo para construir una “organización
de masas”, se mueve a Los Montoneros, el frente paramilitar
extremista que se reclama como peronista (a los que el propio Perón tildó de “imberbes
y estúpidos” en el discurso del 1ro. de mayo de 1974 en la Plaza de Mayo,
cuando echó a Los
Montoneros de la concentración).
Silvia empieza
a vivir esa mezcla excitante e irresponsable de dopamina y adrenalina, al jugar
a la guerrilla urbana, asumir los riesgos de transgredir las leyes y provocar
al Poder, convencida de que están a un tris de asumir el control de Argentina, sin
saber por qué ni para qué hacía lo que hacía: simplemente cumplía las misiones.
Precisamente
algo que podría señalar como una de dos áreas mejorables en el libro es la carencia
de una evaluación más documentada de la falta de formación política de Silvia
Labayrú, una adolescente que en su cuarto tenía dos posters: uno del Che
Guevara y otro de Alain Delon. No podía, por la edad, tenerla. De hecho, sus
simpatías políticas originales eran conservadoras. Se metió a “la izquierda”
por moda, por ser aceptada, por provocar a sus padres (¿le suena familiar?).
Silvia es
una adolescente hermosa, atractiva, de una belleza superior al promedio. Rubia,
blanca, ojos azules. Y voluble. Pese a llevar una vida sentimental ligera y sin
mayor compromiso, con frecuentes cambios de pareja (emulando la frivolidad tanto
de su padre como de su madre), su organización política, Montoneros,
decide que conviene casarla con otro militante con el que mantenía relación superficial
porque facilitaba la cobertura operacional. Y ella acepta. Se casa y termina
embarazada.
Cuando
había decidido escapar de Argentina (algo que Los Montoneros solían
castigar con la muerte), unos días antes de irse, los grupos de tarea del
ejército la secuestran el 29 de diciembre de 1976, y la llevan a la ESMA.
Ese
calvario es el que Leila Guerriero expone en La llamada. Guerriero dice que la idea se la dio una
entrevista a Silvia Labayrú en marzo del 2021, en Página 12. Esa
entrevista le despertó el interés.
Silvia, Silvina, la Mora, es una sobreviviente
de la ESMA. El puñado de los que sobrevivieron fueron luego señalados, acusados,
tildados de “colaboradores”. Eso según los otros que también
sobrevivieron y no fueron torturados ni secuestrados: debían haber muertos,
haberse inmolados. Era la lógica irracional de Los Montoneros, para eso
le daban a cada militante una ampolleta con cianuro. Cumpliendo esa guía
delirante murió su cuñada.
Solo que,
a ellos, los que la señalaban y vituperaban, no los violaron, no los
torturaron, no los abusaron. Así es fácil juzgar y condenar.
| Silvia Labayrú en el 2021 |
Condenada por otros sobrvivientes, por sobrevivir
¿Por qué
se salvó Silvia? Esa es una de las interrogantes que Leila Guerriero va
explorando a través de múltiples entrevistas, observaciones, contrastes y
cruces de informaciones, sin piedad ni condescendencia.
Quizás
por su origen: apellidos de tradición militar, su condición de embarazada, su
edad, apenas 20 años, su belleza, sus rasgos raciales, el caer en gracia, la
protección que recibió internamente tanto de militares, entre ellos Alfredo Astiz,
marino de cara aniñada y bravucón, que presumía de haber sido “entrenado
para matar” y luego, en la guerra de Las Malvinas se rindió sin tirar un tiro,
como de líderes montoneros en cautiverio,
su preparación (dominio del inglés y el francés), y también, por la llamada.
Sobre todo, dadas las imprudencias que incluso en su condición de secuestrada
cometía, por la suerte.
Durante
un año y siete meses, Guerriero se reúne con Silvia Laybarú y le hace
preguntas. Escucha. Anota algunas cosas. Igual se va reuniendo con otras
personas que aportan sus versiones: las escucha, les pregunta. Anota.
Contrasta. En ocasiones siente que las informaciones “chirrían”, no
encajan. Hay eventos que las mentes han bloqueado, de los que no se hallan registros.
Y en ese
mar de memorias imprecisas, parciales, sesgadas, guiada por su instinto, Leila
Guerriero navega, busca un rumbo, trata de iluminar, de dar sentido a lo que le
aconteció a su personaje, Silvia.
Silvia
Laybarú se dispone a hablar, a dar a conocer su verdad.
A través
de ella vemos la novatería, la provocación infantil y el juego inconsciente de Los
Montoneros para que el infierno se desatara en la Argentina.
La leo y
bajo esa luz exploro lo que sucedió en República Dominicana para la misma
época. El mismo guion. Iguales provocaciones. Parecidos resultados, aunque lo
que sucedió aquí palidece frente a lo que aconteció en Argentina.
Soledad
Gago en un artículo sobre La llamada señala: “…este libro tiene una
particularidad: está construido a través de las conversaciones con Silvia y con
otras personas que completan su historia, que la contraponen, que le dan verdad
—algo que es recurrente en la autora—, pero, también, a través del proceso de
la periodista, que está presente de una forma mucho más explícita que en
cualquiera de sus libros anteriores, que en cualquiera de sus textos.”
| Henry Kissinger y Richard Nixon |
Comparsas en un guion ajeno
La
política de provocar la destrucción de los gobiernos democráticos y
sustituirlos por regímenes de fuerza, viene de dos fuentes: la primera es la
propuesta de la revolución cubana de que había que hacer saltar la democracia
burguesa y forzar la dictadura militar, porque eso encendería a “las
masas”, radicalizaría la indignación popular y favorecería la “revolución”
socialista.
Esas
provocaciones se realizaron a todo lo largo y ancho de América Latina,
incluyendo República Dominicana, y todos conocemos las consecuencias.
La
segunda fuente es más torcida todavía: los propios grupos partidarios de la represión
violenta (militares, civiles, sectores del clero), que los veían como una forma
de justificar la violencia extrema “antisubversiva”, la respuesta
militar a la guerrilla. La creación del “enemigo interno a conveniencia”
la muestra Orwell en su novela 1984: el Poder crea su propio sandbag
político, un pelele sobre el cual descargar la ira. Trujillo (amigo de Perón,
por cierto: fuimos el país en que el gobernante argentino se refugió cuando lo
detutanaron), creaba sus “desafectos”. Balaguer escribió que,
periódicamente, en la larga dictadura de Trujillo de 31 años, aparecía
públicamente un conveniente cadáver anónimo para refrescar el terror.
Aquí, por
ejemplo, Ramfis Trujillo en 1961 exploró armar a militantes del Movimiento
Popular Dominicano, MPD, (con rifles defectuosos, una pantomima de
guerrilla) para simular ante los norteamericanos una insurrección guerrillera a
control remoto que los indujera a eliminar las sanciones impuestas al país por
la OEA tras el atentado a Rómulo Betancourt, y descongelar unos millones de dólares que
retenían, en aras de evitar “una segunda Cuba”, que era el espantajo con
el que los norteamericanos se asustaban.
Ese guion,
que pese a la insistencia desquiciada de Máximo López Molina no se llevó a cabo
(y que hubiese significado una hecatombe de jovencitos sin mayor formación
política y menos aún, militar), luego se aplicó unos meses después para
conseguir que Estados Unidos aprobara al gobierno de facto de El Triunvirato.
Esa es la historia real de la insurección del Movimiento Político 14 de
Junio en 1963 y de sus resultados.
En
Argentina, Los Montoneros cumplieron su parte del guion. Incitaron y
justificaron, junto al ERP y otras fuerzas, con pistolitas, fusilitos, bombitas,
secuestros y atentados, las provocaciones que llevaron a la mayor parte de la
sociedad argentina a clamar por la intervención militar.
Y, al
igual que en Chile, la mayoría de la sociedad (algo que no se quiere admitir y
aceptar, pero fue así), respiró aliviada cuando el golpe militar se produjo.
Lo mismo
sucedió en Uruguay. Los Tupamaros provocaron con crímenes, asaltos,
atentados, etc., la destrucción del Estado de derecho de lo que se tenía como
la Suiza de América del Sur.
Ni el MIR
chileno, ni Los Montoneros, ni Los Tupamaros poseían tanques,
artillería, aviones ni armamentos pesados. Tampoco militares profesionales,
entrenados. No podían representar un peligro real en una confrontación por el
poder. Sus miembros carecían en realidad de formación militar real. Eran una
parvada de adolescentes que se creían guerrilleros sin ninguna experiencia de
guerra. Tenían la derrota pintada en la cara.
Igual en
República Dominicana.
Al
brindar en bandeja de plata la justificación para la intervención militar,
todos esos grupos en realidad fueron comparsas manejadas a conveniencia, partes
de un guion siniestro que se aplicó país por país con iguales consecuencias.
La misma
Silvia, una adolescente hija de militares, explica cómo andaba con una pistola
que nunca le enseñaron a manipular ni a usar, y una ampolleta de cianuro, que
se esperaba usara para envenenarse si caía en manos de los militares.
| Leila Guerriero, la autora, y la portada de su libro La llamada |
Un modelo de narrativa de no ficción
La
llamada ha sido un éxito editorial no solo en Argentina, por igual en
España (donde Silvia Labayrú vivió exiliada). Como modelo para nuestros
periodistas me parece soberbio. La calidad es superior en mi opinión a otra
narración de no ficción: la extraordinaria A sangre fría, de Truman
Capote, pero La llamada la supera porque Capote recrea y hace ficción,
noveliza. Guerriero no: indaga, entrevista, contrasta, entrecruza testimonios,
somete a escrutinio toda versión y va armando una reconstrucción lo más
fidedigna, sin añadir de su peculio, sin ficcionalizar o suponer. Y, por igual,
La llamada es muy superior El adversario, del francés Emmanuel
Carrere.
La maña,
el oficio diríamos, en la construcción, la dosificación, en ir entrecruzando
testimonios, observaciones personales, sembrando expectativas para mantener la
tensión narrativa, el interés, para sostener la atención lectora, es realmente
soberbio. Y supongo que le tomó muchísimo alcanzar ese fluir que no decae, que
no abruma, pero tampoco aburre. Y realmente, para una historia que no tiene
sorpresas: se trata de hechos conocidos, ventilados judicialmente, testimonios esparcidos
en artículos, libros y entrevistas, como sería el caso del género del misterio
o del thriller, que no depende de los recursos de la intriga, porque es la
reconstrucción de unos hechos por los que hubo sentencias y condenas, hay
muchísimo que aprender de la maestría con que construye Guerriero su relato.
Silvia Labayrú
fue de las sobrevivientes que pudieron encauzar, denunciar, testificar y lograr
la condena de los militares que la torturaron y violaron. Es0 no lo pudieron
hacer los demás, solo las sobrevivientes. Señalar a sus torturadores, a sus
violadores. Superó lo suficiente su
experiencia traumática como para estar dispuesta a exponerla y exponerse. Y eso
le manifestó a Guerriero: “Esto lo voy a hacer y lo voy a hacer contigo”.
Guerriero
expresa: “Silvia Labayrú se queja un poquito de que nadie le pregunta sobre
su cautiverio. Como periodista se tiene la responsabilidad de preguntar con
tanto detalle como sea necesario para poder contar, narrar la historia con toda
la precisión posible.”
El libro La
llamada también es metaperiodismo, Guerriero va reflexionando sobre su
hacer. Un elemento útil que Guerriero comparte en una entrevista es el
siguiente: “Cuando vos vas solidificando una relación, las preguntas que
eran difíciles en su momento se transforman en preguntas que uno puede hacer
con toda la soltura que el entrevistado recibe con la misma naturalidad. Sabía
que tenía que dejar pasar el tiempo para que ella viera en mí una interlocutora
interesada, confiable y que se mostraba a la altura de la historia y sin
ejercer un juicio moral. Tampoco quería que ella confundiera mis preguntas
sobre las cuestiones más escabrosas y pensara que las hacía para exprimir el
morbo.”
Es
oportuno recalcar cómo se las ingenia Leila Guerriero para mantener la tensión
y sostener la atención del lector. Maneja la creación de expectativas. Deja
preguntas a responder más adelante. Disemina indicios y activadores de la
atención con gran destreza. Nos mantiene pasando las páginas. Hambrientos de
saber qué sucederá. Nunca se excede. Sabe cuándo parar y cambiar, para que la
sed de saber se mantenga viva.
Esa es
una de las grandezas y un logro soberbio de este libro.
| Fachada del edificio de la ESMA, donde Silvia Labayrú y otros fueron secuestrados y torturados y miles fueron "desaparecidos". |
Leemos desde quienes somos
Un libro
se lee desde la historia personal, los intereses, la cultura y la formación de
quien lo lee. Y se emplea, como en este caso, para entender.
Leila
Guerriero dice eso de su ejercicio. Ha escrito que “elige las historias para
intentar responder preguntas que flotan en el viento desde hace décadas.” Y
en una entrevista llega a expresar que “escribe porque no tiene otra manera
de entender el mundo”.
La
lectura que haría un argentino, un chileno, un uruguayo, un dominicano, un
brasileño de La llamada siempre estará matizada por la historia personal
y la historia nacional, por lo que cada quien como individuo y como sociedad,
vivió. Y lo que este libro me permite entender de una era trágica cuyos
fulgores siniestros todavía persisten, es mucho. Muchísmo.
Yo puedo
cambiar nombres y leer las experiencias trágicas que nos hicieron vivir, muchas
de ellas en las que participé como un monigote más, inconsciente de los hilos
que me manejaban. Apenas comparsa.
Como
Silvia, y sin sus peores experiencias, sobreviví (aunque no sin librarme de
cárcel o golpizas, pero sin mayor envergadura).
Durante
más de 40 años, frente a distintas audiencias, incluyendo tribunales, y en la
cara de sus mismos violadores, Silvia Labayrú, contó una y otra vez los
tormentos y abusos a los que fue expuesta: “Fue algo que tenía bastante
guardado y me parecía muy importante aclarar que fueron violaciones y acabar
con esta historia de que algunas secuestradas tuvimos relaciones con marinos.
No era posible ninguna relación, era absolutamente imposible. El secuestro
mediante, familiares amenazados, no hay consentimiento posible. No lo hay. Y
como esto era un asunto bastante confuso, en cuanto existió la posibilidad de
denunciar la violación como tal, lo hice. Porque fueron violaciones,
violaciones, y creí importante que este debate en la sociedad, o dentro de
algunos ambientes, tuviera lugar y la sentencia así lo expresa”.
Quien se
asome a este libro, verá una radiografía de una época a través de una vida y de
todas las versiones de lo que, en unas circunstancias terribles, esa persona
padeció.
Y bajo
esas anécdotas, palpitarán las historias personales.
Irene
Scheimberg, amiga de Silvia entrevistada en el libro, expresó: “Yo creo que
nosotros [los militantes de Montoneros] en gran parte contribuimos a que
viniera la represión. Pero hacer una autocrítica es muy difícil. No querés que
la derecha te use como arma. A mí me mataron a ciento cinco amigos y conocidos.
Pero estábamos equivocados”.
Además de
profundizar en el analfabetismo político de Silvia Labayrú, algo que falta en
el libro, otro aspecto en que podría ser mejorable (sin restarle nada a su
brillantez, que es mucha) es la documentación gráfica: fotos que pongan rostro
a nombres, lugares, momentos.
Siempre
leemos desde nosotros mismos y nuestra historia, de eso se trata en el fondo
leer: Descubrirnos y entendernos a través de otros.


Es un libro llamado a convertirse en un clásico, un modelo de construcción narrativa de no ficción, en que una polifonía de voces van construyendo un perfil, bajo la aguda indagación de una periodista acuciosa y perspicaz: Leila Guerriero.
ResponderEliminarCon cuidado, juntando testimonios, documentos, opiniones, vivencias y extractos judiciales, Leila Guerriero va mostrándonos, a través de la vida y los avatares de Silvia Labayrú: su secuestro con más de 5 meses de embarazo, las torturas, las duras experiencias del cautiverio, las violaciones, etc., una visión de los primeros años del denominado Proceso de Reorganización Nacional, que aplicaron en Argentina las Fuerzas Armadas tras el golpe militar de 1976 hasta 1983.
Superior, a mi juicio, a A sangre fría, de Truman Capote (quien por cierto fue el tema de su más reciente investigación y libro) y de El adversario, de Emmanuel Carrere, La llamada es una lectura enriquecedora en múltiples aspectos. La recomiendo.