EL PRIMER PASO PARA ROMPER EL ANALFABETISMO FUNCIONAL Y CONVERTIRNOS EN LECTORES EFICIENTES
Por Aquiles Julián
Presidente del Centro PEN RD Internacional
¿Cómo
podemos eliminar el analfabetismo funcional? Para empezar, tenemos que
convertirnos en lectores activos y eficientes, capaces de leer, entender,
retener, recuperar y aplicar la información que adquirimos.
Y para
convertirnos en lectores eficientes hay algunos pasos previos:
1. Descubrir nuestros talentos, dones y vocaciones
2.
Despertar nuestra curiosidad, interés y compromiso
3.
Definir metas de aprendizaje y crecimiento a
alcanzar
4.
Conocer las cinco fuentes de aprendizaje de que
disponemos
5. Activar
nuestros conocimientos pasivos.
Esas
cinco áreas son claves para salir de un modo pasivo y reactivo, a un modo proactivo
y automotivado.
Al estar vinculado
el aprendizaje a nuestros talentos, dones y vocaciones, las áreas que
disfrutamos hacer y que nos interesa aprender, todo aprendizaje se convierte en
una fuente de gratificación.
No existe
un ser humano que no haya vivido esa experiencia: el estar embebido en el
aprendizaje de una nueva competencia, destreza o habilidad, que cualquier otro
asunto lo sienta como estorbo, incluyendo comer.
En esos
momentos el aprendizaje se convierte en pasión y los neurotransmisores de la
felicidad: dompaminas, oxitocinas, endorfinas y serotoninas, inundan nuestra
sangre, y vivimos lo que el psicólogo Mihály Csíkszentmihályi denominó modo
de flujo o estar en La Zona.
Es la
experiencia de la plenitud, cuando estamos en el pico más alto de la Pirámide
de Maslow, la autorrealización.
A eso es
que tiene que llevarnos el aprendizaje.
Descubrir nuevos talentos, dones y vocaciones
Sin
excepción alguna, todos nacimos dotados para la grandeza, para aportar, para
dejar una impronta.
Un
indicador de que todavía estamos en la prehistoria social de la humanidad, es
que, en vez de ver al ser humano en su potencial, lo queremos reducir, limitar
y aherrojar en las ergástulas invisibles de la ignorancia y el atraso.
Pero el
daño que hacemos al otro, repercute en nosotros.
Porque el
otro es nuestro complemento y nuestra extensión y sin él somos nada, aunque en
nuestra cegatería no lo entendamos.
¿Cuáles indicadores
nos permiten descubrir nuestros talentos, dones y vocaciones? Algunos a tener
en cuenta son:
1.
Lo que nos divierte hacer
2.
Nuestros intereses y aficiones
3.
Las actividades que nos hacen feliz realizar
4.
Cuando una actividad nos hace perder la noción del
tiempo
5.
Lo que nos hace fácil hacer.
6.
Aquello en lo que somos más exitosos que el
promedio
7.
Aquello que los demás reconocen en nosotros (“Eres
muy bueno en…”)
8.
Las personas a las que admiramos y el por qué las
admiramos
Lo triste
es la inmensa cantidad de personas que viven de espaldas a tus talentos, dones
y vocaciones; dedicados a actividades que odian y les aburren, encharcados en
la mediocridad y el malestar, amargados y amargando a quienes los circundan,
cuando esas mismas personas podrían esplander, fulgurar y sorprendernos (y
sorprenderse a sí mismas).
¡Cuánto
desperdicio vital! ¡Cuánta pérdida! Nuestros cementerios llenos de tumbas en
que yacen personas que vegetaron, en vez de brillar y deslumbrarnos, y a los
que ni sus nietos o biznietos recuerdan ni de las que se sientan en verdad orgullosos,
cuando todos nacimos para destacar, simplemente cultivando nuestros talentos,
dones y vocaciones.
Hay que despertar nuestra curiosidad, interés y compromiso
¿Cómo
despertamos nuestra curiosidad? ¡Haciéndonos preguntas! El cerebro se activa
con las preguntas y preguntarse es un signo, el mayor, de inteligencia.
Si
definimos nuestras áreas de interés, en función de nuestros talentos, dones y
vocaciones (porque siempre tenemos no una ni dos, sino muchas áreas de interés),
entonces hacernos preguntas crea la motivación para aprender.
Un
estudio sobre la curiosidad mostró que:
En primer
lugar, cuando los participantes tenían mucha curiosidad por conocer la
respuesta a una pregunta, eran mejores en aprender esa información y esta
permanecía en la memoria más allá de 24 horas.
En
segundo lugar, cuando se estimulaba la curiosidad, se verificaba una mayor
actividad en el circuito cerebral relacionado con la recompensa.
En tercer
lugar, cuando la curiosidad era el motor del aprendizaje, se observaba una
mayor actividad en el hipocampo, un órgano clave en la formación de nuevos recuerdos,
y un aumento de las interacciones entre el hipocampo y el circuito de
recompensa.
Curiosidad,
interés y compromiso son las fuentes de la motivación intrínseca. Y todos
tenemos áreas capaces de encenderlas. ¿Qué tal si aprendemos a lograrlo?
Definir metas de aprendizaje y crecimiento a alcanzar
Una meta
es algo tan sencillo como saber dónde queremos estar, dónde estamos
actualmente, qué distancia hay de donde estamos a donde queremos estar y qué
acciones nos pueden mover hacia allá.
El
cerebro adora tener metas, objetivos, propósito y sentido. Y cuando no los
tiene ¡se los inventa!
Muchas
veces estamos viviendo metas ajenas, de otros.
Algunas
veces, las que suponemos o nos han hecho creer que “nos conviene” alcanzar.
Pero si
no nos encienden el corazón, si no nos iluminan, si no despiertan nuestros
sueños locos y nos cargan el corazón de entusiasmo ¡NO SON NUESTRAS METAS!
Y resulta
que nuestra vida es muy corta para dedicarla a llenar expectativas ajenas y
renunciar a las propias.
Así que
es inteligente concentrar nuestro tiempo, atención, energías y acción a
perseguir nuestras metas, aquellas que responden a nuestros talentos, dones y
vocaciones y delegar para otra vida, si es que reencarnamos, el llenar las
expectativas y metas de los demás, sean quienes sean.
Ahora las
nuestras. En la próxima vida, las de los demas.
Es una
buena negociación.
Al hablar
de metas, recuerdo a Viktor Frankl y su extraordinario libro-testimonio El
hombre en busca de sentido.
Desde el
título ese libro me impresionó. Todos necesitamos y buscamos eso: sentido. Si
no lo tenemos, la vida carece de valor y disfrute. Pero el sentido es intrínseco,
es algo que nosotros nos aportamos, nada que provenga de fuera.
Y cuando
nuestra vida cobra sentido para nosotros, ejercemos nuestra libertad, una que
nada ni nadie nos puede quitar, porque adquirimos propósito, y cómo Frankl nos
enseña: “Y es precisamente esta libertad interior la que nadie nos puede
arrebatar, la que confiere a la existencia una intención y un sentido.”
Conocer las cinco fuentes de aprendizaje de que disponemos
Aprender
es nuestro objetivo y nuestra tarea, porque nuestro cerebro disfruta aprender.
Es nuestra fiesta, lo que nos entusiasma, siempre que ese aprendizaje esté
vinculado a nuestros intereses, talentos, dones y vocaciones.
¿Dónde
encontrar las fuentes de aprendizaje? Hay cinco poderosas fuentes de
aprendizaje que podemos explorar y explotar.
Uno: Aprendizaje formal, académico
Implica incluirnos
en una formación académica regulada y formal. Aceptamos y nos sometemos a un
cirrículo y a la evaluación de terceros.
Dos: Aprendizaje complementario
Aquí participamos
en cursos y talleres extracurriculares y de apoyo.
Tres: Aprendizaje informal y virtual
Aprovechamos
la Internet y la lectura para enriquecer y ampliar nuestra formación.
Cuatro: Mentores y coaches
Buscamos
el apoyo y la guía de personas con conocimiento y experiencia en el área.
Quienes saben disfrutan compartir sus aprendizajes. En todos anida un maestro,
un mentor dispuesto.
Cinco: Aprendizaje experiencial, por prueba y error.
Y claro,
hasta este punto todo ha sido información. ¿Cómo convertimos esa información en
conocimiento? A través de la práctica. El conocimiento no es intelectual, es
experiencial y se acumula en todas nuestras células, en todo nuestro cuerpo.
Si
entendemos esas cinco fuentes del conocimiento y las aplicamos, veremos que el
mundo es una formidable escuela, rica en información, estímulos y desafíos.
Y aquí
conviene que añadamos los cuatro estadios o niveles del aprendizaje.
1.
La incompetencia inconsciente: No sé
que no sé.
2.
La incompetencia consciente: Sé que
no sé.
3.
La competencia consciente: Sé que sé, pero se me dificulta hacerlo.
4.
La competencia inconsciente: Sé que
sé y me fluye hacerlo.
Hacernos
concientes de nuestra incompetencia es un salto importantísimo, porque nuestra
ignorancia siempre juega en nuestra contra. Es nuestro contrincante interno y
nuestro peor y más persistente obstáculo.
¿Recuerdan
la frase de los Toffler sobre los nuevos analfabetos del siglo XXI? Decían en
1970, ¡hace 54 años!, que serían los que no sepan aprender, desaprender y
reaprender.
Si
entendemos los cuatro estadios o fases del aprendizaje, para desaprender solo
tenemos que ir del 4 al 2 y para reaprender solo tenemos que movernos del 2 al
4.
Ahí
tenemos una guía.
Al
entender lo que nos falta, al hacernos concientes de nuestra incompetencia,
podemos definir nuestras metas y echar manos a la obra: empezar nuestro
aprendizaje.
Escalar hasta
la cima nuestra propia montaña. ¿Existe algo más emocionante y retador que eso?
Activar nuestros conocimientos pasivos.
Ya hemos
dicho que el cerebro es una máquina de aprender, así que el cerebro siempre ha
estado aprendiendo, aunque mucho de lo que aprende es basura, porque no
cuidamos a cuáles estímulos lo exponemos.
Aprendemos
de las conversaciones que oímos tanto como de aquellas en que participamos, de
todo lo que vemos, olemos, experimentamos. De la televisión, el cine, la radio
y los carteles. De los comportamientos de otros. De los ambientes que
frecuentamos. De todo. El cerebro siempre está registrando, guardando,
archivando y vamos construyendo un fondo de conocimientos (y seudoconocimientos,
supersticiones, disparates, etc., aceptémoslo).
Ese fondo
de conocimientos tenemos que aprender a activarlo y ponerlo en funcionamiento
en nuestro provecho.
¿Cómo lo
podemos lograr? A esa pregunta respondo con otra: ¿Cómo activamos el cerebro?
¡Haciéndonos preguntas!
Ahora, el
truco aquí es que, si no sabemos la respuesta, ¡nos la inventamos!
Eso tiene
un nombre científico: formular hipótesis. Serán respuestas hipotéticas.
Tomemos
un tema del que pensemos y o creamos que no tenemos ninguna idea del mismo.
Escribámoslo. Y ahora, sometamos ese tema a esta batería de preguntas (si
podemos escribirlas o grabarlas sería un éxito, y todos los celulares traen
grabadora integrada, una maravilla).
1.
¿Qué significa ese nombre?
2.
¿De qué trata ese asunto?
3.
¿Cuándo oímos o supimos de él por primera vez?
4.
¿Cuándo y cómo comenzó?
5.
¿En qué lugar?
6.
¿Quiénes no iniciaron o descubrieron?
7.
¿Qué impacto o valor tuvo?
8.
¿Cómo ha sido su historia?
9.
¿Cuáles han sido las principales figuras?
10. ¿A qué
acontecimientos o cambios se ha asociado?
11.
¿Cuál es su presente?
12. ¿Qué
ventajas o beneficios ha aportado y/o aporta?
13. ¿Qué
perjuicios o peligros ha causado o podría causar?
14. ¿Cuál es
el futuro que le vemos?
Luego de
someter el tema a esa batería de preguntas y responderlas, aún sea con
respuestas hipotéticas (no sabemos si es o no así), preguntémonos: ¿en realidad
no sabíamos nada o algo sabíamos?
Y ahora,
un secreto: el saber que no sabemos ya es saber algo. Cuando sabemos que no
sabemos estamos en incompetencia conciente. Es un grandísimo paso de avance el
que va del 1 al 2.
Otros
beneficios: las lagunas y las hipótesis despiertan nuestra curiosidad. Queremos
saber si la pegamos o no. Y la curiosidad, que es el signo más importante de la
inteligencia, está en la base de la motivación.
Podemos
decidir no aprender sobre ese tema. Es un derecho. Una elección.
Ya
sabemos las cinco vías para aprender sobre un tema.
Ya somos
dueños de nuestro aprendizaje. Y por él, de nuestra vida y nuestro futuro.
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