LAS CUATRO VELOCIDADES LECTORAS Y SU APLICACIÓN
Por Aquiles Julián
Presidente del Centro PEN RD
Internacional
Aunque hice mi formación en
lectura rápida, en realidad no todo se lee de forma rápida. Y hay una realidad
fisiológica que la determina. Tiene que ver con la plasticidad cerebral.
Cuando leemos, todo depende de:
1. Nuestro
propósito al leer
2. Nuestra
meta de aprendizaje
3. La
familiaridad con el tema (conceptos, teorías, etc.)
4. La
relevancia personal del tema (interés, valor)
5. La
pertinencia o relevancia del contenido específico en la página
6. Si es
nueva información, no conocida, o información que ya conocemos
7. El tiempo
disponible y la urgencia
Al leer estamos
cambiando físicamente nuestro cerebro
Cuando leemos información nueva,
no conocida, aún estemos familiarizados con el tema (conceptos, teorías,
procedimientos, etc.), estamos induciendo nuevas conexiones neuronales,
nuestros enlaces sinápticos, para adueñarnos de esa información.
En suma, estamos cambiando
físicamente nuestro cerebro.
Ese proceso es físico, material.
Y toma un tiempo. De ahí que requiera leer de manera más lenta y requiera
procesos de reflexión y descanso (para asentar los nuevos enlaces sinápticos).
Ahora bien, cuando leemos
información ya conocida, las redes neurales donde esa información se contiene
en nosotros se activan, se encienden, se refuerzan, pero no requieren el arduo esfuerzo
de creación de enlaces que acontece cuando es información nueva.
De ahí que al repasar información
ya conocida podemos ir mucho más rápido que cuando leemos información nueva,
desconocida.
Y, lógicamente, mientras menos
grado de familiaridad tengamos con la información, más lentamente leeremos,
porque estaremos, como expliqué, forjando cambios físicos en nuestro cerebro,
gracias a la plasticidad cerebral que es la que nos permite aprender.
La importancia de
codificar en colores
Ahora bien, pasemos a los cuatro
tipos de contenidos presentes en un libro en relación a nuestro propósito y
metas de lectura.
Esos contenidos son buscados,
señalados y calificados cuando hacemos el proceso de codificación en colores
del contenido de un libro.
¿Cuáles son esos cuatro tipos de contenido?
Recordemos, que calificamos el
contenido y su valor desde el punto de visto de su pertinencia y utilidad para
nuestros propósitos inmediatos y nuestra meta de aprendizaje específica.
Y eso nos lleva a evaluar la
información contenida en un libro en una de estas cuatro categorías a las que asignamos
un color y usamos banderitas o señalizadores autoahesivos para establecer en qué páginas
están esas informaciones.
Esta codificación del contenido
la realizamos en el proceso de realizar el skimming o prelectura de un libro,
con el objetivo de optimizar nuestro tiempo lector enfocándolo en donde está la
información de valor, relevante, en función de nuestros propósitos y metas de
aprendizaje.
Una forma de asignar colores puede
ser esta:
Rojo:
información relevante y no conocida
Azul:
información relevante y conocida
Amarillo:
información no relevante y conocida
Verde:
información no relevante y no conocida.
Es evidente que mi tiempo lector
debe concentrarse en las páginas señaladas con los colores Rojo y Azul, dando
mayor importancia a las páginas señaladas con Rojo, porque es donde está la
información que desconozco y es de valor para mis objetivos y propósitos.
Y con respecto a las páginas
señaladas con banderitas o señalizadores autoadhesivos Amarillo y Verde basta con tener una
idea general de qué tratan, sin detenerme en los detalles, ya que son
irrelevantes en el momento para mis propósitos y metas inmediatas.
Sé que esa información está allí.
Si luego, en otro momento, adquiere relevancia, sé dónde buscarla.
No solo eso, al tenerla
localizada por la codificación en colores, sé a qué páginas específicas acudir.
Solo tengo, en ese momento, que recodificar en colores el libro, cambiándole de
posición las banderitas señalizadoras.
Las cuatro
velocidades lectoras
A partir de tener codificado el
contenido del libro en función de su valor y relevancia para nuestros fines,
aplicamos la velocidad lectora correspondiente (y aclaro que es un valor y
relevancia totalmente personal y subjetivo, en función del lector. El contenido
puede ser considerado pertinente y relevante de forma distinta por distintos
lectores en función de sus propósitos y metas particulares. Lo que es vital y
relevante para uno puede ser totalmente irrelevante y prescindible para otro.
Esta codificación no juzga el contenido, sino su pertinencia de acuerdo al
sujeto que lee).
Al leer modulamos al menos 4
velocidades de lectura, en función de dos variables condicionantes: a)
Relevancia y valor; b) Grado de familiaridad y conocimiento.
Como hemos explicado, estas dos
variables van a definir a qué velocidad vamos a trabajar las páginas.
Aunque cada individuo posee una
fisiología particular y es aventurado establecer un estándar, la siguiente es
una guía de referencia que nos permite definir los parámetros de velocidad
lectora más frecuentes para los distintos tipos de contenidos que encontraremos
en un libro.
1. Pausada o lenta, 200 a 400 PPM (para información
nueva y relevante a nuestros propósitos)
2. Moderada, 400 a 800 PPM (para información conocida y
relevante a nuestros propósitos)
3. Rápida, de 900 a 1,600 PPM (para información muy
conocida y relacionada a nuestros propósitos)
4. Súper rápida, de 1,700 a 5,000 y más PPM (para
información que no es relevante ni valiosa para nuestros propósitos)
PPM es palabras por minuto, que
es el estándar de evaluación de velocidad lectora.
Como vemos, un lector eficiente
lee el libro a distintas velocidades lectoras en función de dos parámetros que
ya indicamos y que ahora reforzamos:
1. Conocimiento previo del asunto o tema
2. Relevancia o importancia del mismo con el propósito
lector.
Carece de sentido distraer y
malgastar el escaso tiempo disponible en páginas cargadas de información
irrelevante. O simplemente llover sobre mojado dedicando tiempo a información
requeteconocida.
No nos sobra tiempo. Es el bien
más escaso e irrecuperable. De ahí que sea inteligente concentrar ese bien
escaso en los aprendizajes más útiles y relevantes con relación a nuestros
propósitos y metas.
¿Por qué un lector
ineficiente terminar por ser un no lector?
Un lector ineficiente lee todo a
la misma velocidad lectora. Imaginemos que lee, como muchos a una velocidad
lectora entre 80 y 130 palabras por minuto.
Eso es ir súper lento, a ritmo de
tortuga.
Si entonces, como no se sabe
codificar en colores la información y se lee secuencialmente: página uno,
página dos, página tres, etc., el lector ineficiente va a malgastar muchísimo
de su valioso tiempo lector en páginas inútiles, ajenas o irrelevantes a sus
propósitos, fines y metas, con lo cual su cerebro se distraerá, aburrirá y lo
inducirá a abandonar la lectura y a descalificar el libro.
Ese es el origen de tantos libros
apenas iniciados, que se amontonan para leerlos “algún día” que nunca llega.
Imaginemos que la información
clave, vital, trascendental, aquella que nos impactará poderosamente, capaz de
cambiarnos la vida, está en la página 123 de un libro ¿aguantaremos
arrastrarnos penosamente por 122 páginas que las sentimos farragosas e inútiles
a la espera de hallar inesperadamente esa gema de información? ¡Claro que no! A
las 20 páginas promedio tiraremos el libro a un lado, considerándolo
insoportable y aburrido.
Así, los libros no leídos se
acumulan y vamos sintiendo que comprar libros es un gasto inútil, porque ya
tenemos demasiados libros pendientes de leer.
Terminamos por convertirnos en no
lectores.
¿Qué nos llevó a esa condición?
El ser un lector lento, habituado a un patrón de lectura silábica, carente de
competencias lectoras eficientes que nunca nos enseñaron, que leemos todo al mismo
ritmo lector, lo que provoca aburrimiento, pérdida del hilo, desinterés y termina
en abandono de la lectura, como vimos.
Un lector eficiente vuela sobre
las páginas no relevantes, va a una excelente velocidad lectora en las páginas
que tienen información relevante y ya conocida, y reduce la velocidad en
aquellas páginas y zonas del libro que contiene información nueva, importante y
relevante para los propósitos del interés de ese lector.
Es como conducir un vehículo.
Iremos a velocidad distinta en la recta de Azua que subiendo la loma de
Casabito, camino a Constanza.
La lectura como
trabajo intelectual
El trabajo lector, salvo cuando
leemos por placer (ficción, poesía), es un proceso de extraer y transferir
información relevante de las páginas hasta el cerebro.
Lograr ese propósito no se
alcanza con una simple lectura pasiva.
Hay que aplicar una serie de
recursos orientados a los siguientes objetivos de aprendizaje:
1. Extraer
la información
2. Asimilar
la información
3. Retener
la información
4. Recuperar
la información
5. Ser capaz
de aplicar la información
Las técnicas de extraer la
información tienen que ver con la comprensión lectora y la calificación del tipo
de contenido (repásese Los 7 tesoros a encontrar en un libro).
Por igual, en las técnicas de
extracción aplicamos la elaboración de un mapa mental del material, que nos
permita ver los conceptos claves, la información que importa, la estructura
expositiva que el autor emplea, los datos y hechos en los que se apoya e,
incluso, al aplicar una parrilla de indagación, encontrar incluso las
áreas que el autor omite, descuida o desconoce.
Otra herramienta valiosa en el
proceso de extracción es el resumen, en que condensamos con nuestras propias
palabras, en base a los conceptos y tesis claves que el autor maneja en su
texto, lo que expone.
Por igual, al indagar y contrastar
lo que otros autores y libros exponen sobre el mismo asunto, podemos
enriquecer, ampliar, convalidar o encontrar áreas de discrepancia entre
distintos puntos de vista.
La meta siempre es formarnos
nuestro propio juicio y enriquecerlo con los distintos aportes, entendiendo que
todo lo que un autor hace siempre es una aproximación, útil, valiosa, pero
nunca conclusiva. Siempre se puede ampliar, enriquecer y profundizar.
Y eso nos lleva a la segunda
tarea: asimilar la información, que es integrarla con lo ya conocido, apropiarnos
de ella, generando las conexiones neurales, los enlaces sinápticos pertinentes.
Aquí empleamos técnicas como la visualización,
la conversión en imágenes. Y mientras más conciencia tengamos de cuál es el
propósito de esta fase y cómo producirla, mejor.
Todo lo que aprendemos genera
cambios físicos en el cerebro: los enlaces sinápticos. Cuando aprendemos,
nuestro cerebro cambia. Ahora, esas rutas neurales pueden languidecer e incluso
perderse, por inactividad. De ahí la importancia de los reforzamientos, de que
se activen las mismas, lo que induce un proceso de mielinización que suelda
prácticamente esos enlaces.
Al aplicar un proceso de repaso
activo, empleando los mapas mentales, la visualización, etc., logramos la
retención. Aquí empleamos técnicas como la codificación en imágenes, las
perchas mentales y las películas mentales, para crear atajos que nos permitan
recuperar la información a voluntad.
El último paso, importantísimo,
es la capacidad de aplicar creativamente la información para convertirla en
conocimiento a través de la experiencia.
Este paso es el que: valida,
enriquece, mejora, refuerza y construye no solo conocimiento, sino también habilidad,
destreza. En suma, competencia. No solo es algo que declaramos y enunciamos, es
algo que sabemos hacer y lo sabemos hacer bien.
Y ese es el objetivo del trabajo
intelectual que hacemos al leer: el desempeño eficiente, creador. Construir una
competencia, un saber hacer.


Hay muchas diferencias en cómo procede un lector eficiente con respecto a un ineficiente, al manejar el contenido de un libro.
ResponderEliminarEl ineficiente suele cometer errores como leer palabra por palabra, subvocalizar, retroceder.
El eficiente se ha entrenado para leer frases en vez de palabras (PPF), distingue entre palabras vacías y llenas, aplica estrategias de extracción de información efectivas y, también, sabe modular la velocidad lectora.
Muchos, la gran mayoría, ignora que lee de forma ineficiente.
De hecho, no leen, porque leer les cansa, aburre, no le encuentran valor ni sentido, se vuelve tedioso y los desanima.
Todos esos son síntomas de una persona con pésimas competencias lectoras.
Hay cuatro velocidades lectoras, que se aplican según los parámetros de conocimiento del tema y de relevancia o valor para los propósitos y objetivos del lector.
Este artículo permite aclarar más esta distinción fundamental (pero no la única).
Mientras no entendamos que somos lectores empíricos, no eficientes, y que podemos adquirir y enriquecer nuestras competencias lectoras, estamos en franca desventaja.
Y eso, en momentos en que asistimos a la 4ta. Revolució