¿QUÉ CONTÓ BERNARD DIEDERICH SOBRE EL SECUESTRO DE GALÍNDEZ Y DE DÓNDE SACÓ LA FÁBULA QUE ESCRIBIÓ?

Robert Berrellez a la izquierda, con el vaso, otro periodista y Ramfis Trujillo, alternando en un evento social en 1961







 Por Aquiles Julián

 



"Es difícil hacer que un hombre entienda algo cuando su salario depende de que no lo entienda"

Upton Sinclair

 

Bernard Diederich, periodista neozelandés y corresponsal de guerra, que vivió muchos años aquí y en Haití, publicó en 1978 un libro en el que incurre en  inexactitudes e información plantada: Trujillo: The death of the goat. La primera edición original en inglés fue lanzada a principios de ese año por la editorial Little, Brown and Company. Y ese mismo año de 1978 se publicó también su primera traducción al español bajo el título Trujillo: la muerte del dictador.

Diederich, residía desde 1950 en Haití, donde fundó el semanario en inglés Haití Sun. En 1962 tuvo problemas con Francois Duvalier, quien lo encarcela y le cierra el semanario, por lo que se trasladó a vivir a República Dominicana en 1963, tras su excarcelación. En su libro, Diederich reproduce ingenuamente la versión difundida por la CIA a través de Life, medio para el cual, por cierto, Diederich trabajó.

Es tiempo de desmontar esas mentiras.

En 1961, Diederich actuó en el país como corresponsal de Associated Press (AP),  The New York Times, Daily Telegraph y Time-Life News, cubriendo las convulsiones políticas derivadas del ajusticiamiento de Trujillo, el 30 de mayo de ese año. Es, de hecho, quien primero informa al mundo, saltándose los controles impuestos por el SIM a la difusión de información, del ajusticiamiento del tirano.

Durante ese período, Diederich solía compartir con un periodista norteamericano, nacido en California, Robert Berrellez, muy conocido por estos lares. Un artículo aparecido en el Listín Diario del 11 de enero del 2017, escrito por el periodista dominicano Ruddy L. González cuenta una anécdota de Berrellez. En 1969, en el lobby del hotel El Embajador, Ruddy, que se iniciaba como corresponsal local de Associated Press, recibió instrucciones de Berrellez,  quien le advirtió: “Los Estados Unidos no tienen amigos ni enemigos... tienen intereses”. Esos eran los intereses que él, Berrellez, cuidaba.

Hay algo que Diederich probablemente no sabía: Berrellez era un sinsonte, un mockingbird, parte de un entramado de desinformación, manipulación y engaño a través de los medios de comunicación montado por la CIA en los años 50, en contubernio con poderosos propietarios de medios de comunicación como Henry Luce, del conglomerado Time-Life, Philip y Katharine Graham del Washington Post, Arthur Hays Sulzberger de The New York Times, entre otros (otro sinsonte lo fue Stanley Ross, primer director de El Caribe y luego, en New York, director de El Diario, que jugó un rol importante en el encubrimiento del secuestro de Galíndez).

Esos medios eran parte de The mighty Wurlitzer,  como la llamó el oficial de la CIA Frank Wisner: un equivalente a lo que fuera el aparato de manipulación mediática montado para Lenin y Stalin por Willi Müzerberg en los años 20 y 30, y que todavía opera. La idea de Wisner era que “la CIA solo tenía que  presionar un botón y este "órgano" tocaría cualquier melodía de propaganda que el gobierno estadounidense deseara”. En esa “orquesta” tocaba Berrellez.

 

Robert Berrellez, a la izquierda. Joaquín Balaguer, al centro. Bernard Diederich, a la derecha, en 1966

BERRELLEZ, EL MOCKINGBIRD

Si uno busca información en línea sobre Robert Berrellez, asombra cómo escasean. Sin embargo, Berrellez fue un personaje interesante, que hizo amplias relaciones en República Dominicana. Ahora bien, lo importante para un operativo como él es pasar desapercibido, que se ignore su misión, que se desconozcan sus inconductas. Y parecen que las están borrando de la Internet. Conocí de su existencia en el 2012, cuando investigaba sobre el asesinato del héroe Ángel Severo Cabral. De hecho, usé una foto en que él, Berrellez, posaba junto a Ramfis Trujillo en un evento social, como parte de la portada de mi libro en PDF del 2013, El crimen que nadie quiere recordar, tomo 2, sobre la muerte de Severo Cabral. Hubo datos que pude obtener en esos años que hoy son inencontrables, sobre sus actuaciones en Cuba, en especial una de cuando el G-2 castrista fue a detenerlo:  él tuvo que deshacerse de información comprometedora y metió con rapidez un papel que la contenía, en la boca que una cotorra que le cortó un dedo de un picotazo.  La anécdota la contó una norteamericana que estaba con él en ese momento.                                                   

¿Qué significa plantar información? Es la jerga de la inteligencia es introducir datos erróneos, falsos, manipulados y sacados de contexto en una investigación, sistema o conversación con el propósito de engañar, perjudicar a alguien, llevar a conclusiones equivocadas a un tercero o sesgar una decisión. En la jerga judicial es el equivalente a “plantar pruebas”.

Hay dos contextos de nuestro interés: las investigaciones periodísticas, policiales y judiciales y el espionaje y la política.

Tim Weiner, autor de Legado de Cenizas, una historia de la CIA, escribe que: “Se sabe desde la década de 1970 que durante la Guerra Fría la CIA tenía un puñado de agentes infiltrados en algunas organizaciones de noticias como Associated Press y United Press International, particularmente en sus oficinas en el extranjero.” En el 2001 se desclasificaron documentos que demostraban que la CIA podía, en esencia, “dictar artículos y hacer que se enviaran a todo el mundo”.

En 1975, el senador demócrata Frank Church presidió el Comité para el Estudio de las Operaciones Gubernamentales respecto a las Actividades de Inteligencia y empezaron a florecer los nombres de medios y periodistas, entre otras barbaridades.

En 1977, el periodista Carl Bernstein publicó un artículo en la revista Rolling Stone donde develaba que alrededor de 400 periodistas estadounidenses habían realizado misiones en secreto para la CIA. Igualmente, muchos ejecutivos de medios de comunicación  “prestaron su cooperación” para la Agencia, entre ellos William Paley de CBS, Henry Luce de Time-Life , Arthur Sulzberger de The New York Times, Katharine Graham, de The Washington Post,  y James Copley de Copley News Services.

 

Robert Berrellez, izquierda, y Robert Flemng, gobernador del Canal de Panamá, en 1964


EL PEDRIGRÍ DE  BERRELLEZ

Robert Berrellez nació en California, hijo de una familia de origen mexicano.  Llegó a Cuba en 1959, como periodista de Associated Press para cubrir la ascensión de los rebeldes encabezados por Castro, al poder.

La misma tarde del 17 de abril de 1961, cuando Allen Dulles, director de la CIA, embarcó a los Estados Unidos en la desastrosa aventura de Bahía de Cochinos, el G-2 cubano fue al apartamento donde residía Berrellez en La Habana y lo apresó. La inteligencia castrista lo interrogó y se lo acusó de “ser un informador” de la inteligencia estadounidense. Lo recluyeron e incomunicaron en la fortaleza militar de La Cabaña (misma donde operaba el paredón). 

Un mes después fue excarcelado, tras fuertes protestas diplomáticas y presiones del gobierno de los Estados Unidos, y el 19 de mayo de 1961  lo expulsaron de Cuba.  Partió a Miami, Florida, junto al periodista Harold K. Milks, en un vuelo extraordinario de la aerolínea Pan American Airways.

En julio de 1961, Berrellez es enviado bajo la cobertura de Associated Press a Ciudad Trujillo, apenas semanas después de aquel venturoso 30 de mayo de 1961, momento en que un puñado de valientes exterminó al tirano y abrió el camino a la libertad.

Aquí, Berrellez andaba para arriba y para abajo con Bernard Diederich, que también cubría las convulsiones de esos días para, entre otros medios, Associated Press. Otro periodista local con el que Berrellez compartía, era con Julio César Martínez, de Renovación.

Hay una foto de Berrellez en 1966, posando con Balaguer y Bernard Diederich. ¿Tenía Balaguer entendimiento de quién era Berrellez? Es posible. Siendo presidente, aunque nominal, es probable que el servicio de inteligencia trujillista le hubiese alertado de la vinculación de Berrellez con la CIA, deducida del episodio cubano. ¿Por qué lo digo? Cuando los familiares de los héroes del 30 de mayo encarcelados visitan a Balaguer en el Palacio Nacional, alarmados por el inicio de la Operación “Luz Verde” aprobada por Ramfis Trujillo, para eliminarlos, Balaguer les recomendó a quienes le visitaron, “que fueran a hablar con Berrellez”. Él sabía donde quién los enviaba, sin dudas. No mencionó a otros, sino a él en específico.

Pero, ¿y qué prueba que Berrellez era un mockingbird de la CIA? Ya hice la historia de sus actividades en Cuba. Pero donde Berrellez se desnuda es que, con la cobertura ahora de funcionario de relaciones públicas de la ITT, es quien teje los hilos de la trama que culminó con el derrocamiento en 1973 de Salvador Allende en Chile.

Por esa acción, incluso fue procesado durante el gobierno de Carter, en los Estados Unidos, pero la acusación no prosperó, pues en 1979 el gobierno estadounidense decidió no continuarla porque la CIA planteó que, de proseguir, podrían hacerse públicas informaciones que afectaran la seguridad nacional durante el proceso. Algo semejante alegó la CIA en 1957 para favorecer a John Joseph Frank, quien ejecutó para la CIA, bajo la dirección de Robert Maheu, el secuestro de Galíndez.

Y ya saben: si es felino doméstico, hace “miau”, es mamífero y caza ratones, gato es. Robert Berrellez murió el 12 de junio de 1985 a los 65 años de edad en el Centro Médico Cedars-Sinai de Los Ángeles, California. Su fallecimiento se debió a una hemorragia cerebral sufrida un par de semanas antes.

Robert Berrellez
 

LAS MENTIRAS QUE LE PLANTARON A DIEDERICH

Muchas de las mentiras que se divulgan sobre la suerte de Galíndez fueron leídas por un gran número de dominicanos en el libro Trujillo: la muerte de un dictador. Es intento de ejercicio de nuevo periodismo, pero adolece de múltiples deficiencias porque Diederich no se ocupó se cuestionar, verificar y respaldar su relato, sino que compró como buena y válida la historieta que le sirvieron. Y eso es imperdonable en un periodista al que se le supone algo de criterio, juicio crítico y discernimiento, porque ese libro se presenta como no ficción, casi como un documento de valor histórico. De hecho, a Diederich lo califican de “historiador”.

Trujillo: La muerte de un dictador muestra, y es lamentable, una gran exhibición de candidez, carencia de sentido crítico y falta de evaluación sobria de la información por parte de Diederich. No solo Berrellez y Life lo hicieron resbalar en el disparate. También otros, pero de eso no hablaremos ahora.

Portada de la edición en español del libro de Bernard Diederich donde habla del secuestro de Jesús de Galíndez

¿Por qué deducimos que fueron Berrellez y Life? Porque Diederich se dedica con ingenuidad a reforzar la narrativa que la CIA difundió a través de la revista en su famoso reportaje de 1957 elaborado bajo la dirección de Henry Luce y firmado por el Equipo de Investigación Time-Life: Story of a Dark International Conspiracy,  en el que descargan toda la responsabilidad del secuestro sobre Trujillo y sus esbirros, ocultando la actuación de la CIA y sus operadores bajo contrato en el secuestro y traslado del delegado vasco. Y ahora tengo la sospecha también de que se ocuparon de su muerte y de la desaparición de su cuerpo, porque ese rol es apropiado para Robert Emmett Johnson, el sicario escritor trasladado al país en 1956, y no creo que una operación de tal envergadura se la dejaran, al final, a unos incompetentes y parlanchines esbirros locales.

¿Cuál fue, en el libro de Diederich el motivo por el cual, según él, Trujillo dispuso el secuestro de Galíndez? Sorprende por lo superficial del planteamiento. Veamos lo que escribe en la página 5: “Informado sobre las actividades de Galíndez por su cadena de espionaje, Trujillo consideró como el colmo del insulto que Galíndez ofreciera una disertación ante el comité de la facultad del Departamento de Historia de la Universidad de Columbia el 27 de febrero de 1956, precisamente el día de la independencia dominicana”. Esa disertación era la defensa de su tesis doctoral, no otra cosa.

¿Una disertación académica es “el colmo del insulto”? Sobre todo, cuando antes, Diederich había escrito que “La tesis de Galíndez fue un estudio desapasionado sobre los veinticinco años de gobierno de Trujillo”. Si notan, aquí no aparecen los inventos de que Galíndez había escrito que Ramfis no era hijo de Trujillo (algo que Galíndez nunca escribió y que, por el contrario, siempre expresó lo contrario; que Ramfis era hijo de Trujillo). Esos inventos son posteriores.

Una tesis doctoral es un documento que tiene que ser respaldado y avalado por pruebas documentales. Se escribe para luego ser sometida al escrutinio y ponderación de un jurado. Y la hacía un catedrático de literatura española y de ciencias políticas de esa misma universidad ¿Podía Galíndez despacharse con algún tipo de injuria impropia o caer en expresiones destempladas en la universidad en la que estudiaba y de la que al mismo tiempo era catedrático? Diederich no razonó esa aseveración que nos brinda.

 

Tony Ulasewicz, el detective que investigó la desaparición de Galíndez

LA FABULA DE DIEDERICH SOBRE CÓMO MUERE GALÍNDEZ

En la página 8 Diederich escribe: “En la noche del 12 de marzo de 1956 los agentes de Trujillo se apoderaron del exiliado republicano vasco de mediana edad en su apartamento de la parte baja de la Quinta Avenida en Manhattan. (…) Galíndez fue endrogado y llevado a un avión alquilado piloteado por un norteamericano, Gerald Murphy, y conducido a Monte Cristi, en la costa norte de la República Dominicana. De ahí, trasbordado a un aparato de la Compañía Dominicana de Aviación (CDA) -en cuyos controles estaba el capitán Octavio de la Maza- fue llevado a Ciudad Trujillo”.

Ahí, de entrada, Diederich difunde una información falsa: sabemos que a Galíndez lo mueven de Montecristi al aeropuerto de Dajabón. Y es desde Dajabón que lo traen en un avión de la CDA, pero no piloteado por Octavio de la Maza, que no tuvo ningún tipo de participación: directa, indirecta o circunstancial, en el secuestro y traslado de Galíndez, sino que el avión que trae a Galíndez a la capital desde Dajabón fue piloteado por dos pilotos norteamericanos: Ernest Charles Haeger, y Charles Alton McLaughlin, ambos pilotos de la CDA. Diederich yerra. Véase el libro Sangre en el barrio del Jefe, de Víctor Grimaldi, Pág. 92. Y ahí se afirma que fue Haeger  quien convenció a Gerald Lester Murphy de emplearse como piloto en la CDA.

A partir de ahí, Diederich empieza a fabular y pinta una escena de Trujillo torturando a Galíndez, haciéndole comer las hojas de la Tesis ya que, según Diederich: “En la mano del Generalísimo había una copia de la tesis, robada en el departamento de Galíndez durante el secuestro”. Esa afirmación de Diederich contrasta con la información de Tony Ulasewicz,  el detective del NYPD's Bureau of Special Service and Investigation (BOSSI),  a quien encargan de investigar el caso Galíndez y que narra su experiencia en su libro The President's Private Eye: The Journey of Detective Tony U. from N.Y.P.D. to the Nixon White House, libro escrito en colaboración con el abogado Stuart McKeever.

Allí, Ulasewicz informa que son agentes de la CIA, (no los “agentes de Trujillo”) los que, inmediatamente Galíndez es secuestrado, ingresan al apartamento y se llevan todos los registros y documentos habidos y por haber, pidiéndole al BOSSI que no se avise sobre la desaparición de Galíndez hasta que ellos no terminen de limpiar escrupulosamente el apartamento. Para ese retraso en dar el alerta, contaron con la colaboración de Stanley Ross. Es el 19 de marzo, siete días después, que en el New York Times se informa la desaparición de Galíndez. La CIA también instruye al BOSSI que no se le informe su petición al FBI.

Diederich dramatiza la escena y luego se inventa un final espantoso: “Galíndez fue llevado a una de las cámaras de “de investigación” del SIM en Ciudad Trujillo. Estaba amordazado y esposado. Luego le amarraron los pies con una cuerda, suspendiéndolo de una grúa. Pulgada a pulgada, Galíndez fue bajado hacia una tina de agua hirviente. Un poco después, el cuerpo de Galíndez era pasto de los tiburones, no lejos de ese punto de la costa donde el Generalísimo Rafael Leonidas Trujillo Molina iba a su vez a ser ultimado”.

Todo eso es pura ficción, nada profesional.

A Diederich le contaron la historia espeluznante que él hubiese querido oír y se entusiasmó tanto que violó normas básicas del periodismo de investigación. No hay ninguna alusión a fuente. Mucho menos contrasta los datos. Repite lo que le narraron.

 

Manuel de Dios Unanue

DIEDERICH NO HACE UN SIMPLE ANÁLISIS CRÍTICO

Si algo me da curiosidad, es ver cómo Diederich se traga todo sin hacer un mínimo ejercicio de criterio propio.

Por ejemplo: Trujillo tenía un cuerpo de avezados pilotos, militares y comerciales. ¿Por qué tener que recurrir a un imberbe piloto de avioneta, de 22 años de edad, que trabajaba en fumigación, sin la experiencia de vuelo para travesías largas y con serios problemas de miopía? ¿Por qué alquilar una avioneta, a través de John Joseph Frank, Mister Kane, cuando el país tenía aviones? ¿Por qué es Frank, y no Navajita o un cónsul o embajador de Trujillo, quien renta la avioneta?  ¿Cómo es que, en años de Guerra Fría y paranoia, una avioneta se traslada de New York a Montecristi, haciendo escala en La Florida, sin que ningún radar la detecte ni se perturbe el vuelo? Nada de eso inquieta a Diederich, entusiasmado por la historia que eligió creer y diseminar.

Diederich tampoco, que yo sepa, corrigió a posteriori sus yerros, ni los reconoció, pese a que sobrevivió a Berrellez.

 Bernard Diederich falleció el 14 de enero de 2020 a los 94 años en su residencia en Puerto Príncipe, Haití. Es decir, Diederich vivió 35 años más que Berrellez.  Durante ese tiempo, aparecieron libros esclarecedores. Manuel de Dios Unanue publicó en New York: El caso Galíndez: los vascos en los servicios de inteligencia de los EE.UU., en 1982, por Editorial Cupre, cuatro años después del libro de Diederich. En 1990, apareció un testimonio de primera mano: The President's Private Eye: The Journey of Detective Tony U. from N.Y.P.D. to the Nixon White House, escrito por Tony Ulasewicz y Stuart A. McKeever. Ulasewicz fue el detective de la unidad de inteligencia de la NYPD a quien se asignó investigar la desaparición del delegado vasco. En el 2007, Víctor Grimaldi publicó Sangre en el barrio del Jefe, en Santo Domingo, donde se esclarecía que Octavio de la Maza no tuvo ningún tipo de participación en el secuestro y traslado de Galíndez.  En el 2013,  Stuart McKeever, coautor del libro de Ulasewicz, publicó su formidable The Galindez Case. Ese mismo año, 2013, yo inicié mis publicaciones sobre la implicación de los Dulles en el secuestro de Galíndez, llamándolo El crimen perfecto de los hermanos Dulles, en varios medios digitales. Fueron aportes que desmentían a Diederich (aún con sus limitaciones, porque a la verdad uno se acerca y todavía falta mucho por aclarar: recuerden que la CIA tiene los archivos de Galíndez, incluyendo los robados en el apartamento del informante del FBI y delegado vasco, y parece muy probable que hasta incluso los que reposaban en el Palacio Nacional de República Dominicana; y esos archivos están clasificados por razones “de seguridad nacional”. Hasta que no se desclasifiquen y hagan públicos, nadie tiene la última palabra).

Stuart McKeever

No hay, que yo conozca, un acto de rectificación y actualización, una puesta al día de los errores en que incurrió en su libro y la acusación infundada a Octavio de la Maza. Comete una deficiencia ética y una falta de responsabilidad profesional que empaña su nombre como periodista.

Y ese relato, en buena medida alineado con la versión exculpatoria de la CIA ventilada por Life y mendaz, fue leído y repetido como oro de ley por la clase media y la intelectualidad dominicana, divulgado como verdad sagrada. Bien, ya sabemos de dónde proviene y muy probable quiénes están detrás de lo que Bernard Diederich escribió sin ningún tipo de verificación o el mínimo acto de discernimiento, adulterando la historia.

Seguiremos

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